Llevaba un día recorriendo la ciudad de Salamanca, entrando en iglesias, visitando edificios históricos y dejándome sorprender por ese impresionante patrimonio que aparece en cada calle o detrás de cada esquina (fan total del astronauta o del diablo comiendo helado en la fachada de la catedral). Pero no tenía ni idea de que Salamanca guardaba también un lugar directamente relacionado con la historia de la Astrología. Fue en el centro de visitantes donde me hablaron de una pintura del siglo XV conocida como El Cielo de Salamanca.
Me quedé patidifuso, ¿una bóveda astrológica del siglo XV en la Universidad de Salamanca? ¡Ahí que tenía que ir! Ante mí tenía un vestigio de una época en la que mirar el cielo, estudiar el movimiento de los planetas y reflexionar sobre su significado formaba parte del conocimiento que se enseñaba en una de las universidades más importantes de Europa.

Autor de la fotografía: Terencio. CC-BY-SA 4.0
Una biblioteca bajo las estrellas
Para comprender «El Cielo de Salamanca» hay que regresar a las últimas décadas del siglo XV, un periodo de enorme vitalidad intelectual para la Universidad de Salamanca.
Entre 1474 y 1479 se construyó una nueva biblioteca en el edificio de las Escuelas Mayores. Poco después, probablemente entre 1483 y 1486, su bóveda fue decorada con una gran representación celeste atribuida a Fernando Gallego, uno de los principales pintores del gótico hispanoflamenco castellano. La obra pertenece precisamente a ese momento en el que las formas medievales empezaban a convivir con nuevas inquietudes culturales vinculadas al humanismo y al primer Renacimiento.
Cierro los ojos e intento imaginar cómo era esa biblioteca. ¡Qué gozada de imagen!
Los estudiantes entraban en una sala dedicada al estudio y, sobre sus cabezas, se desplegaba una auténtica cosmografía pintada: signos zodiacales, constelaciones, estrellas, planetas y figuras mitológicas cubrían la bóveda. Las descripciones antiguas permiten pensar que el programa original representaba las 48 constelaciones recogidas por Ptolomeo, junto al Sol, la Luna y los cinco planetas visibles a simple vista.
Lo que todavía podemos disfrutar
Desgraciadamente, aquella enorme composición no ha llegado completa hasta nosotros. Se conserva aproximadamente un tercio de la pintura original, pero incluso ese fragmento permite hacerse una idea de la ambición del proyecto.
En él aparecen cinco figuras zodiacales (Leo, Virgo, Libra, Escorpio y Sagitario) y diferentes constelaciones asociadas al catálogo ptolemaico. Entre las boreales encontramos a Boyero, Hércules y Ofiuco; entre las australes aparecen Hidra, Cráter, Cuervo, Centauro, Ara y Corona Austral. En la zona inferior sobreviven además cuatro personificaciones de los vientos.
Pero para quienes estudiamos astrología hay dos imágenes que nos llaman la atención: El Sol aparece relacionado con Leo, avanzando sobre una cuadriga tirada por caballos. Muy cerca encontramos a Mercurio asociado a Virgo, representado como el dios clásico sobre un carro tirado por águilas.

Del Poeticon Astronomicon al techo de Salamanca
Fernando Gallego no inventó de la nada estas imágenes celestes. La investigación ha encontrado importantes semejanzas entre varias figuras de la bóveda y los grabados de una edición veneciana de 1482 del Poeticon Astronomicon, obra tradicionalmente atribuida a Higino. Un ejemplo especialmente claro es la representación de Mercurio.
Este detalle me resulta fascinante porque permite situar «El Cielo de Salamanca» dentro de una tradición mucho más amplia de transmisión de imágenes. Las antiguas constelaciones descritas por la cultura grecorromana habían sobrevivido durante siglos a través de manuscritos, tratados astronómicos y otros textos. Con la expansión de la imprenta, aquellas imágenes comenzaron a circular de nuevas maneras por Europa y algunas de ellas terminaron convertidas en pintura monumental sobre la bóveda de una universidad castellana.
Cuando la Astrología se enseñaba en la Universidad
Hacia 1460 se había establecido en la Universidad de Salamanca una cátedra de Astrología.
La separación moderna entre astronomía y astrología todavía no funcionaba como lo hace hoy. El cálculo de las posiciones planetarias, el estudio de eclipses, el manejo de tablas astronómicas y la interpretación astrológica formaban parte de un campo de conocimiento estrechamente relacionado. Además, la astrología mantenía una importante conexión con la medicina, pues se consideraba que determinados factores celestes debían tenerse en cuenta en el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades.
Cuando se pintó la bóveda, la cátedra estaba ocupada por Diego de Torres, que la desempeñó aproximadamente entre 1481 y 1495. En su Opus Astrologicum utilizaba como referencias fundamentales el Tetrabiblos de Ptolomeo y el Centiloquium, textos esenciales para comprender la astrología universitaria de aquel periodo.
Por eso resulta muy sugerente pensar que aquella pintura no era únicamente decorativa. Contemplar el cielo pintado sobre la biblioteca podía formar parte también de la formación intelectual de quienes estudiaban allí. El edificio convertía el universo conocido en una gigantesca imagen didáctica.
Sobre el nombre «El Cielo de Salamanca»
El nombre «El Cielo de Salamanca» no es medieval. Fue acuñado en 1951 por Rafael Láinez Alcalá, catedrático de Historia del Arte de la propia Universidad.
Quizá ese nombre haya contribuido a crear la idea de que la pintura reproduce exactamente el cielo que podía contemplarse desde Salamanca en una noche determinada del siglo XV. Durante décadas se ha intentado incluso localizar esa fecha. En 1960, el historiador de Astronomía Ernst Zinner propuso relacionarla con agosto de 1475, y posteriormente otros investigadores desarrollaron distintas variantes de esta hipótesis. Un estudio publicado en 2022 todavía defendía que algunos elementos podían ser compatibles con una configuración celeste de aquel periodo. Sin embargo, una investigación publicada en 2024 en el Journal for the History of Astronomy plantea importantes objeciones a esa interpretación.
El problema comienza al distinguir algo fundamental para cualquier estudiante de astrología: una cosa son los signos zodiacales y otra las constelaciones. Los autores señalan que la distribución de algunas figuras, la posición iconográfica de los planetas y las proporciones de la pintura no corresponden a una reproducción naturalista del firmamento. Además, en la bóveda aparecen constelaciones australes, como Centauro, que no podían contemplarse desde la latitud de Salamanca. La obra parece representar el conjunto simbólico de la esfera celeste, no aquello que un observador salmantino habría visto simplemente levantando los ojos al cielo.
El Sol en Leo y Mercurio en Virgo
Desde la perspectiva de la astrología tradicional, la posición del Sol y Mercurio deja de parecer accidental. Leo es el domicilio del Sol y Virgo uno de los domicilios de Mercurio. Además, los carros refuerzan visualmente esa asociación. Leo aparece representado en la rueda del carro solar, mientras que en el de Mercurio figuran sus dos domicilios tradicionales, Géminis y Virgo.
Esto ha llevado a proponer que los siete planetas de la composición original pudieron distribuirse entre sus respectivos domicilios astrológicos siguiendo las doctrinas recogidas en el Tetrabiblos. La hipótesis resulta todavía más interesante porque sabemos que, poco antes de que la antigua bóveda quedara oculta, el profesor Juan González de Dios transcribió en 1759 algunas de sus inscripciones. Entre las obras citadas aparecían precisamente el Tetrabiblos y el Centiloquium, que hemos citado antes.
El cielo que estuvo a punto de desaparecer
Con el tiempo, la biblioteca dejó de ocupar su emplazamiento original y el espacio sufrió numerosas transformaciones. Al avanzar los siglos, reformas arquitectónicas, humedades y derrumbamientos provocaron la desaparición de buena parte de la bóveda.
En el siglo XVIII, la zona conservada terminó además oculta tras las reformas de la capilla. Allí permaneció durante generaciones, separada de la vista por un nuevo techo. Fue redescubierta en 1901.
A mediados del siglo XX se inició su recuperación. La pintura conservada fue desprendida de su ubicación original, restaurada y trasladada finalmente al Patio de Escuelas Menores, donde hoy puede contemplarse.
Conclusión
Quienes nos dedicamos hoy al estudio o la enseñanza de la Astrología estamos acostumbrados a trabajar con cartas, efemérides y símbolos. Encontrar de pronto esos mismos planetas y signos integrados en una obra monumental de finales del siglo XV obliga a mirar la Astrología desde otra perspectiva, comprendiendo el lugar que ocupó dentro de la historia de las ideas.
El Cielo de Salamanca pertenece a un mundo intelectual en el que Ptolomeo podía ser leído simultáneamente como autoridad astronómica y astrológica, en el que calcular las posiciones planetarias podía resultar relevante para un médico, y en el que una biblioteca universitaria podía convertir su techo en una representación visual del cosmos.
Se trata de una obra de arte y de un documento sobre la circulación del conocimiento. Habla de astronomía y de astrología, de medicina, de mitología clásica, de enseñanza universitaria, de imprenta y de iconografía, reflejando a la perfección un momento de transición cultural en el que el saber medieval comenzaba a dialogar con las nuevas inquietudes humanistas.
En mi caso, además, apareció algo que no esperaba encontrar durante mi viaje a Salamanca: un vínculo directo entre una ciudad que estaba descubriendo y una disciplina a la que he dedicado tantas horas de estudio.
Quizá por eso salí de allí con una sensación que es difícil de explicar. Había entrado para contemplar una pintura y terminé pensando en profesores y estudiantes que, hace más de quinientos años, estudiaban los movimientos del cielo en clave astrológica.
Algunas veces basta con mirar hacia arriba para descubrir que la historia de la Astrología estaba ahí, esperándonos, pintada sobre una bóveda.
Bibliografía
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