Introducción
El tarot puede entenderse, desde una perspectiva literaria, como un conjunto finito de signos icónico-narrativos de enorme densidad cultural. Sus imágenes (figuras, virtudes, crisis, umbrales, giros del destino) tienen la capacidad de activar escenas y sugerir itinerarios interpretativos con pocos elementos. En términos narratológicos, el tarot funciona como un repertorio de unidades que puede combinarse. Una baraja es un alfabeto de formas y situaciones, pero también un dispositivo de montaje capaz de ordenar episodios, sugerir causalidades o abrir lecturas paralelas.
Su potencia para la ficción se explica, en parte, por su base histórico-cultural. Los mazos aparecen en la Europa del siglo XV como naipes de juego con triunfos, cuya iconografía se estabiliza con el tiempo. Ese origen ayuda a entender por qué el tarot se presta tan bien a la literatura: no nace como un texto cerrado, sino como un sistema de imágenes que admite permutaciones, secuencias y usos diversos. A esto se suma la difusión moderna, especialmente en el entorno Rider-Waite-Smith, donde los Arcanos Menores adoptan escenas narrativas reconocibles, lo que refuerza su transferencia a la ficción contemporánea. Así, una carta concreta puede operar como atajo semántico, condensando carácter, conflicto y atmósfera en un solo golpe de vista.
A partir de aquí surge una pregunta clave: cuando el tarot ocupa un lugar protagonista en un texto, qué función cumple y qué efectos produce en la construcción de las decisiones, las causas y el significado? Dicho de forma, ¿el tarot ilumina la historia o la dirige?
A continuación revisamos cinco obras en las que el tarot condiciona la arquitectura narrativa o la causalidad interna del relato.
«El castillo de los destinos cruzados» de Italo Calvino
En El castillo de los destinos cruzados (1973), Calvino ofrece el caso más claro de tarot como procedimiento literario. Los personajes pierden la voz y sus historias se reconstruyen mediante la disposición de cartas. El tarot se desplaza así desde la predicción hacia la producción del relato. Las cartas sustituyen la narración verbal y fuerzan a convertir una secuencia visual en trama. La crítica ha formalizado precisamente este componente combinatorio, distinguiendo niveles de semántica de cartas, estructura textual y relaciones entre cartas, lo que confirma la lectura del texto como una máquina narrativa basada en reglas de ensamblaje. El efecto técnico es clave. La polisemia del tarot se convierte en un recurso compositivo y el lector queda situado metodológicamente cerca del narrador, evaluando inferencias y encadenamientos.

«Los triunfos mayores» de Charles Williams
Los triunfos mayores (The Greater Trumps, 1932), de Charles Williams, conserva la centralidad del tarot, pero cambia su condición dentro del relato. Aquí deja de funcionar como una gramática narrativa y pasa a ser un objeto de poder, con implicaciones metafísicas. El tarot es tema vertebrador de la novela, pues organiza conflicto, deseo y jerarquía simbólica, y no actúa como un simple guiño cultural. El salto semiótico es importante. El tarot no funciona solo como un símbolo que se interpreta, sino que, en la historia, actúa como un motor que desencadena hechos. A nivel analítico, esto permite identificar y estudiar una modalidad específica en la que el tarot actúa como protagonista. Las cartas reordenan las fuerzas en juego, esto es, quién lleva la iniciativa, quién decide el rumbo y quién queda, en mayor o menor medida, sometido a sus reglas.

«El callejón de las almas perdidas» de William Lindsay Gresham
En El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, 1946), de William Lindsay Gresham, el tarot adquiere un papel estructural desde una tradición distinta, conocida como noir (historias de atmósfera sombría, fatalismo y personajes al límite) y la cultura del espectáculo. El texto está organizado en 22 capítulos que remiten a los Arcanos Mayores, lo que introduce un patrón de segmentación que acompasa el descenso moral del protagonista. Esta decisión crea una doble capa. En la superficie, el tarot puede funcionar como herramienta cultural asociada a la sugestión (y al fraude); en la macroestructura, actúa como plantilla que imprime al relato una progresión de inevitabilidad, compatible con la lógica trágica del género. Aunque el relato funciona sin decodificar el tarot, la segmentación en 22 capítulos abre una lectura paralela donde cada capítulo actúa como una posición de tirada, marcando estaciones del recorrido narrativo.

«La última partida» de Tim Powers
En La última partida (Last Call, 1992), de Tim Powers, el tarot adopta una forma de protagonismo todavía más exigente, pues deja de ser un mero elemento de atmósfera y se convierte en un sistema de reglas que organiza una historia secreta, donde el poder se disputa a través de roles, rituales y apuestas cargadas de significado. La novela sitúa el tarot en el centro de su universo y lo enlaza con mitos como el del Rey Pescador, un monarca herido cuya herida vuelve estéril su reino y que solo puede sanar cuando alguien formula la pregunta adecuada, un motivo clásico de la tradición artúrica y del Grial. Al mismo tiempo, dialoga con una línea literaria en la que las cartas expresan un malestar de época o una sensación de derrumbe cultural. Un ejemplo emblemático es T. S. Eliot en La tierra baldía (1922), donde la imagen de la esterilidad y la ruina se refuerza con alusiones al Rey Pescador y con la célebre escena de una tarotista que lee el desorden del presente. En La última partida, por tanto, el tarot funciona como mecanismo estructural (por su lógica de juego y su reparto de roles). Su rasgo distintivo es la fusión de dos lenguajes, el del azar (apuesta, riesgo, estrategia) y el del símbolo (arquetipo, correspondencia, posición). Así, leer las cartas ya no consiste solo en interpretarlas; también implica competir por ocupar un rol con efectos reales dentro de las reglas que impone el propio sistema.

«La noche tiembla» de Nadia Terranova
Trema la notte (2022), de Nadia Terranova (publicada en inglés como The Night Trembles, traducción de Ann Goldstein, 2025), utiliza el tarot como estructura narrativa. La novela, centrada en la vida de dos jóvenes marcados por el terremoto de Messina y Reggio Calabria del 28 de diciembre de 1908, se organiza con un marco (un preludio y un capítulo final) que engloba 22 capítulos centrales. Cada uno de esos capítulos lleva por título uno de los 22 Arcanos Mayores, y además aparecen en un orden no lineal, de modo que funcionan como una especie de señalización que anticipa o ilumina momentos clave de la trama.
La autora acompaña estos títulos con breves descripciones de cada carta y de su significado, integrando el tarot como un mapa temático y como una herramienta para articular la memoria del relato. El tarot opera como un método de organización de una experiencia traumática. Sirve para segmentar el recuerdo y dar forma a materiales narrativos ligados a la pérdida, la reconstrucción y la supervivencia, que de otro modo podrían aparecer dispersos o caóticos.

Conclusión
Leídas en conjunto, estas cinco obras permiten trazar un recorrido por distintas formas de protagonismo del tarot: desde su presencia en la textura del relato (como parte del propio lenguaje narrativo) hasta su función como dispositivo para ordenar la experiencia histórica. En Calvino, el tarot se convierte en lenguaje, reemplaza la voz y convierte la narración en una reconstrucción a partir de signos. En Williams, el tarot funciona como objeto y tema con alcance metafísico: la carta no se limita a simbolizar algo, sino que interviene en la realidad del relato, actuando como un principio causal dentro del propio mundo narrado. En Gresham, el tarot sirve como una plantilla estructural que marca el ritmo del descenso propio del noir sin necesidad de una magia real; las cartas se utilizan para organizar la narración, pero no para determinar lo que ocurre en la historia. En Powers, el tarot se convierte en un sistema de reglas que organiza un conflicto de roles y provoca efectos reales en la trama, dentro del propio mundo narrado. Finalmente, en Terranova aparece una modalidad especialmente significativa para la narrativa no fantástica contemporánea. El tarot funciona como un esqueleto organizador del trauma y del tiempo. Las cartas no sirven para predecir lo que va a ocurrir, sino para dar forma a cómo se recuerda y cómo se cuenta la experiencia.
En conjunto, estas obras muestran que el tarot se vuelve verdaderamente central en la literatura cuando deja de ser un simple motivo y pasa a funcionar como motor formal del relato, ya sea organizando su estructura o activando su causalidad, gracias a su potencia como sistema combinatorio e interpretativo.





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